REGENERING destaca

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Universidad y Productividad

© Expansión, Luis de Sebastián, Febrero de 2006

¿Qué le pasa a nuestra educación superior que no parece conectar con la productividad de la economía? La necesidad de una reforma es evidente. Necesitamos una reforma que tienda, entre otras cosas, a relacionar la educación superior con los resultados de la economía.

La productividad del trabajo, variable esencial para el crecimiento económico, la competitividad en los mercados internacionales y la elevación del ingreso por habitante se puede aumentar de muchas maneras.

Se puede hacer con la mejora de la composición del trabajo (de menos a más calificado) en el proceso productivo; con mayor uso del capital que colabora con el trabajo y el perfeccionamiento de sus prestaciones; con la mejora de la organización del trabajo, y el refuerzo de la motivación y aplicación de los trabajadores a las tareas encomendadas, y un largo etcétera, que incluye lo que se conoce como productividad multifactorial (MFP), es decir, la contribución de los demás factores de producción a la productividad del factor trabajo.

La composición de la fuerza de trabajo es el principal y, probablemente, el más importante de los factores que hacen crecer la productividad del trabajo. Es también el factor que mejor explica las diferencias en los aumentos de productividad de distintos países industrializados, sobre todo cuando el estado del arte en tecnología está difundido por casi todos estos países, y su nivel de conocimiento y aplicación es muy semejante.

Los estudios de la OCDE en este campo (de Bassanini y Scarpetta en 2001 y Jorgerson en 2003) muestran que, efectivamente, la mejora de la calidad del trabajo y una composición que da mayor peso al trabajo calificado y altamente calificado lleva a mejoras sustanciales de la productividad (en crecimiento y nivel). Ésta es la famosa formación de capital humano de que tanto se habla como una panacea universal.

Sea o no panacea, la formación de capital humano por medio de la educación en todas sus fases, primaria, secundaria y terciaria (universitaria), es un factor muy importante en determinar la productividad de un país. En España así lo reconocemos y profesamos, aunque no hacemos todo lo que nuestras declaraciones deberían implicar en la práctica. Sabido es que estamos muy retrasados en los resultados de la educación secundaria con respecto a otros países de nuestro nivel de desarrollo en cosas como comprensión de textos, matemáticas, ciencias naturales e idiomas extranjeros.

Los resultados de los estudiantes españoles (de 15 años) están por debajo de la media de los países de la OCDE. Por ejemplo, en la escala de conocimientos científicos, España está en el puesto 21, junto a Italia, y sólo supera los resultados de México, Turquía, Portugal y Grecia. Aquí, sin duda, tenemos mucho que mejorar. Además, en España, sólo el 41,3% de los adultos entre 25 y 64 años (la edad de trabajar) tiene educación secundaria o superior, menos que la media de la OCDE, que es de 64,9%, y lejos de los países escandinavos, Alemania, Suiza, Australia, Canadá, Estados Unidos y Japón, donde más del 80% de la población en ese grupo de edad tiene educación secundaria o superior.

ESFUERZO NOTABLE

En la educación terciaria (básicamente, la universidad) no estamos tan mal, por lo menos las generaciones jóvenes. El 36% de las personas entre 25 y 34 años han recibido o reciben educación superior. Es una proporción mayor que las de Alemania, Suiza, Holanda, Dinamarca, Nueva Zelanda y el Reino Unido, para el mismo grupo de edades, aunque menor que las de Canadá, Japón y Corea, que están entre el 40% y el 50%. En España, sin embargo, sólo el 17% de la población comprendida entre los 45 y los 54 años tiene educación superior.

Esta notable diferencia se debe a tres causas concomitantes: el aumento del nivel de vida, el aumento del número de universidades y la mayor incorporación de la mujer a la vida universitaria, en las dos últimas décadas. El esfuerzo que ha hecho la sociedad española para dotar a sus miembros de una educación superior ha sido notable. El gasto anual por estudiante superior ha aumentado en un 33% desde 1995, muy por encima de la media para los países de la OCDE, aunque su nivel (7.455 dólares en 2003) todavía es inferior a la media de 10.052 dólares para este grupo de países.

La paradoja que se anuncia en el título está en que, a pesar del esfuerzo que se ha hecho en la formación de capital humano, sobre todo en la educación superior, la productividad del trabajo en España sólo ha crecido en un 0,30% (tasa anual) entre 1985 y 2004; y decreció a una tasa de -0,29% en la década de 1995 a 2004, una etapa de intensa inversión en la educación superior.